Auspiciá en De la Cuna al Infierno

martes, 26 de octubre de 2021

Parábolas de amor




 Dirigentes que fueron corruptos. Dirigentes que fueron ineptos. Jugadores que nunca fueron responsables con el lugar que les tocó y entrenadores a los que le dio lo mismo ganar o perder. Tardes y noches masticando bronca y soñando con ver algún día, ese equipo que alguien alguna vez nos contó.


Entonces, me pregunto, con toda esa carga, ¿Cómo puede un niño estar colgado de un alambrado, un lunes a las nueve de la noche, rompiéndose las cuerdas vocales y vaciándose los lagrimales, gritando por ese club? , y de al lado me soplan rápido la respuesta. Es por amor. Por amor ese pibe se desnuda de alma ante las miradas de los demás, porque está dando todo, porque deposita en esos jugadores su ilusión, su llanto, su felicidad, su bronca, sus angustias, su mirada, lo da absolutamente todo. Porque por amor, al mundo le hacemos frente, diría la letra de alguna canción de Rock Nacional de la década del 80.


Entonces, cuando me contestan que es por amor, rápidamente recurro a la definición ¿Qué es el amor? según el diccionario, o según la RAE, es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y la unión con otro ser. Pero no me alcanza esa definición. Acá no hay otro ser, el club no vive ni piensa por sí mismo, ni respira. Acá, a esta definición, fría, le falta algo más. Esto que está haciendo este pibe en esta cancha se acerca más a lo que alguna vez pensó Borges, cuando escribió:  "Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo", en el poema "El amenazado". 


Pero, acaso ¿Es una elección? si Cortázar nos dijo: "Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio". Y por último, me pregunto a mí mismo por qué el partido cambia, o nosotros cambiamos los ojos con los que miramos el partido cuando la TV enfoca a ese niño. Einstein respondería: "El amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras".


Al fin y al cabo, reuniendo todos estos pensamientos, le podemos decir a la RAE que cambie la definición del amor, y que ponga en sus diccionarios, que el amor es un niño o una niña colgados de un alambrado, rompiéndose la garganta por alentar a su equipo y llorando desde el alma con un solo deseo. Que suceda lo más bello y simple de las cosas que suceden. Que esos once tipos que están pateando una pelota, hagan un gol. Un simple y bello gol. 


Y la justicia poética llega. Porque adentro de la cancha, hay un chico no tan chico como el otro chico, que le dicen Chaco y se apellida Martínez. Y este chico, el que juega para Independiente, también sabe lo que es el amor, o por lo menos lo intuye. Y el amor le dice, le susurra, que no deje de intentar, que vaya para adelante, porque con él, pegado al botín derecho, lleva la pasión, y en el pie izquierdo la rebeldía, esa rebeldía que da la miseria, la pobreza, diría un tango. Y el Chaco sabe lo que es rebelarse contra ellas, entonces le miente en la cara al defensor de ellos, le miente y el tipo se come el amague, y el Chaquito sale para su zurda.


Y cuando le está por pegar, en ese borde interno de la zurda lleva consigo la pobreza, la miseria, la rebeldía, la pasión, el amor y las lágrimas del chiquilín que está en la tribuna pidiendo un gol que termine con una noche fea.


Y el Chaco patea y la pelota casi por el orden divino de Dios, se clava en el ángulo izquierdo del arquero rival. Y Martínez sale gritando con el alma la cosa más simple y bella de todas las cosas que suceden, un gol. Y con sus dedos forma un corazón. Quizás, el corazón de ese nene que ya no llora, que grita con el aire que le queda en los dos pulmones hasta desgarrarse la garganta, y salta y sonríe y festeja, porque Independiente, su Independiente, hizo un gol. Y a veces, un gol es suficiente para hacernos sonreír, al menos hasta el amanecer de un nuevo día.



Se terminó el partido. Independiente es, consecutivamente, una parábola de amor. Lloramos, nos enojamos y festejamos, todo al mismo tiempo, como ese chiquilín que se desnudó de alma y cuerpo, con su grito y su camiseta que alguien le regaló. Es simplemente el amor, el motor de todas esas cosas. Quizás por eso tenemos tantos sentimientos en cuanto a este deporte, porque en cada pase, en cada gol, en cada salto, en cada corrida, en cada decisión moral de un jugador, no está solamente el resultado o la pelota en juego, hay otra cosas igual o mucho más grandes, o importantes, como puede ser un chiquilín o una chiquilina, con la ilusión al hombro. Es en ese momento en el cual el fútbol cobra un sentido mucho más importante del que tiene como deporte. Porque sobre todas las cosas, lo que está en juego, es el amor. Y por amor, uno da la vida, por eso, para nosotros, y para ese nene, la vida no es vida sin Independiente.

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