Resucitó al cuarto día
Qué nochecita se sirvieron los neutrales. Un banquete. Un festín. Porque el partido que disputaron esta noche Independiente y Unión quedará en los registros de los registros en mucho tiempo. No solo por el papelón de un elenco local irreconocible durante los primeros 45 minutos (que se retiró chiflado cuando Merlos marcó el final de la primera parte) y un visitante que borró de la cancha al "Rojo" como nunca antes, sino además por el desarrollo teatral del complemento. El conjunto comandado por Gustavo Quinteros reaccionó (¿a tiempo?) para rescatar un punto que por momentos parecía imposible.
Y a los hechos se remite quien escribe estas líneas al hablar de un partido no apto para cardiacos: una frase armada, un cliché, algo poco recomendado en la redacción periodística, pero que le calza justo a los 99 minutos disputados hace poco más de un ratito.
Con la victoria por la mínima en su bolsillo, el Tatengue no se conformó y se floreó a partir de una pelota que cayó en el área del "Rojo" para que Brahian Cuello defina tras una mala intervención defensiva de Independiente. Rodrigo Rey no llegó, Leo Godoy perdió la pulseada en la linea y el atacante izquierdo rival estampó el 0-2. Resultado que Unión se encargaría de ampliar un rato después.
No obstante, Lautaro Del Blanco se encargó de arruinarle ese momento de esperanza al Rojo. Pisando los 39 del primer tiempo, una desatención defensiva imperdonable de Independiente derivó en el, ahora sí, tercero del visitante. Los santafesinos subieron el marcador a 0-3 con una definición del lateral que ningún jugador de rojo pudo rechazar.
Muchas veces no alcanza con aceptar las cosas tal cual son: siempre le buscamos una explicación. Algo que lamentablemente, no había manera de hallar en una tardecita que se transformaba en noche en el Bochini. El Tatengue bailaba a un Rojo desorientado, perdido y sin ideas en el camino. Pero, tal como reza el título del film, los milagros existen. Y cuando hablamos de milagros no lo hacemos en vano: promediando los 46m del adicionado, un centro de Gabriel Ávalos conectó increíblemente en los pies de un alma perdida en el área del Tate: IGANCIO PUSSETTO. Nacho, que venía peleado con el gol, capturó en el área el pase del goleador y la mandó a guardar para romper con la sequía a partir de un zurdazo letal. Tres a uno y al descanso entre murmullos, chiflidos y la bronca de un clima caliente.
Milagro y penal
Comenzaba el segundo tiempo. Con dos cambios encima (el ingreso clave de Santiago Arias y Luciano Cabral) Independiente estaba obligado de ir a buscar el empate. De esa manera, con una obligación traducida en empuje y vergüenza deportiva, el colombiano levantó un centro muy parecido al del otro día contra Central Córdoba. Al paraguayo lo agarraron en el área y Merlos sancionó penal. Así las cosas, el goleador no perdonó: Ávalos definió a colocar para poner al "Orgullo Nacional" en partido rápidamente.
De la resignación a la esperanza
Promediando el segundo tiempo, fiel a su estilo, el partido del año se fundió en dos goles más. Luego de un centro sobre la izquierda, Unión conectó de cabeza con Maizon Rodríguez. El zaguero central ganó de arriba tras el centro de su colega defensivo Blanco y sentenció otro baldazo de agua fría para un Independiente que ahora sí parecía vencido.
Pero existe una frase que habla algo así como "no darse por vencido ni aún vencido". Por eso, entre el azar, el empuje y la bronca contenida, el "Rojo" volvió a reaccionar. A Santiago Montiel lo bajaron sobre el carril derecho, Merlos cobró tiro libre y el encargado de ejecutar fue el 40. Ignacio Malcorra tuvo su momento: lanzó un centro venenoso y Gabriel Ávalos apareció de nuevo para ponerle puntos suspensivos a la historia. De cabeza, cual su fuerte, el oriundo de Paraguay le dio otra vida a su equipo.
El broche de oro de una noche dramática y teatral lo puso Juan Manuel Fedorco. Caudillo Fedorco, que volvió de su préstamo en México para construir su camino en Avellaneda. Y que en la noche menos pensada, donde paradójicamente formó parte de una defensa que no defendió jamás, se elevó por los aires y sentenció un 4 a 4 agónico para el desahogo en Avellaneda.







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